Buenas noches. Es un gran placer estar aquí, entre amigos lectores, celebrando que nos convoque un libro. Y no un libro más: hoy 19 de julio de 2023, a 47 años de la desaparición de Mario Roberto Santucho, el libro que nos reúne nos interpela desde la irreversibilidad de la historia, desde los destinos inconclusos. Las reflexiones que voy a compartir con ustedes resultan de las múltiples intersecciones entre literatura e historia que propone Marcos Rosenzvaig una vez más y que inducen a desmenuzar el devenir de individuos y sociedades como una trama de tres hebras: el espacio, el tiempo, el actor social. Sólo tangencialmente me voy a referir a los episodios que narra esta novela; creo que todos, con más o menos detalle, conocemos las circunstancias de la muerte de Mario Roberto Santucho. Quiero en cambio poner en primer plano que en este libro los acontecimientos no ocurren en un tiempo-espacio pasado, sino que fluyen y se yuxtaponen en una inquietante concepción del autor sobre el anacronismo: el tiempo sin tiempo, el eterno retorno de tiempos y espacios espiralados alrededor de un eje que, al girar, los articula y traduce una obsesión: la búsqueda de un cuerpo que no está, que la burocracia registra en esa categoría absurda de “perdido-desaparecido”, el cuerpo de Mario Roberto Santucho. El narrador, el taxista Julio López y su objetivo, Robi Santucho, son dos hombres en uno, una misma esencia en dos cuerpos simétricamente lacerados; uno de ellos está perdido, el otro es el cuerpo-testimonio que, tras los rastros del “original” vivo o muerto, se busca. El alter ego, otro tópico recurrente en las novelas de Marcos Rosenzvaig, es el recurso en que se corporiza una búsqueda imperiosa, una misión, una pregunta. ¿Dónde termina la ficción y empieza la realidad? Los dos planos se entrecruzan constantemente y por momentos la literatura, ese territorio donde todo es posible, parece empeñada en corregir los errores de la historia. Así, quedan tensadas las tres hebras de esta novela perturbadora y vertiginosa que se lee casi sin respirar. Lo demuestra la historia. El axioma con que los represores pretendieron justificar sus acciones se volvió en su contra: “no hay cuerpo, no hay muerto”. Entonces, si no hay muerto, lo queremos vivo. Y si no pueden darnos el cuerpo del muerto ni devolvernos al hombre vivo, lo haremos inmortal. Más que eso: será santo. Contra un santo no puede la muerte. Y si un santo sigue haciendo milagros, es porque la gente sencilla –esa que no apela a la ciencia de la razón sino a las razones del corazón-, cree en él y le reza, le pide, le agradece pero sobre todo, no olvida. Lo extraordinario atraviesa a veces la existencia de los hombres comunes y los hace transmutar en héroes, en sabios, en santos laicos populares. Pasa en Santiago con el Gauchito Gil, con la Telesita, con el Linyerita. La muerte violenta es esa puerta de entrada en la dimensión sobrenatural por la que se filtran, en una y en otra dirección, el recuerdo del pueblo y la gracia concedida. Ello explica la dimensión de figuras simbólicas como Gilgamesh o los mártires de las hagiografías, pero también de figuras históricas como la del tucumano Idelfonso de las Muñecas, el Che y, por cierto, la de Santucho: trascienden toda explicación racional porque se alojan en el mito.
“Cuando alguien muere, eso no es la muerte. Muerte es cuando alguien vive sin saberlo. Muerte es cuando alguien no puede ni morirse. Muerte es muchas cosas que no pueden ni siquiera enterrarse”, escribió Rainer María Rilke.
El itinerario que imagina Rosenzvaig para la búsqueda del cuerpo es como un proceso de canonización que alcanza su punto culminante en el descenso a los infiernos: el subsuelo de Campo de Mayo, donde los demonios son conjurados en una escena satíricamente grotesca, como si fuera alguno de los círculos satánicos de Dante. Sin embargo allí, en esa danza absurda y siniestra, el taxista López encontrará la pista esclarecedora.
A Mario Roberto Santucho le faltaba algo menos de un mes para cumplir los 40 años cuando fue abatido en aquel departamento de Villa Martelli, el 19 de julio de 1976. Habían pasado apenas cuatro meses del golpe militar, lo que habla de la eficiencia del aparato de espionaje e inteligencia que había montado el Estado desde los años sesenta para seguir los pasos de quienes se habían convertido en “subversivos” y, por tanto, en “enemigos de la patria” a los que había que perseguir, capturar y exterminar. Guillermo O’Donnell ha definido a esa estructura como Estado Burocrático Autoritario y la ha caracterizado fundamentalmente por una capacidad que fue asumida como “misión patriótica superior”: sentar las bases ideológicas, jurídicas y operativas del Estado represor que alcanzó su máxima expresión entre 1976 y 1982. Actuando bajo los principios de la “Doctrina de la Seguridad Nacional”, las fuerzas armadas fueron entrenadas para combatir al “enemigo interior”, representado por las milicias urbanas y rurales, mientras en otros frentes se operaba para estimular la delación y el espionaje, se desmantelaban las universidades, los centros de estudiantes, las fábricas, los sindicatos; se censuraban libros y publicaciones –incluso, y especialmente, los libros para niños-, películas, expresiones artísticas y musicales, se infiltraban organizaciones, se instalaba la autocensura hasta dentro de las familias, se extendían la sospecha, la desconfianza, el miedo.
Una estructura tan extensa y prolija, tan minuciosa, no se construye de un día para otro. Requiere de un pensamiento obsesivamente orientado a un fin, un fin al que concurran también voluntades y recursos. Ese proceso empezó poco antes de los 60 y con dolor, lastimosamente, creo que aún aflora en algunas prácticas intolerantes y censoras en ciertos escenarios institucionales, porque así como no se monta de un día para otro, tampoco se desmantela de la noche a la mañana. Está en cada uno de nosotros reconocerlas, identificarlas, denunciarlas de viva voz y plantar bandera.
Robi Santucho era joven cuando lo mataron; por lo tanto, será siempre joven. El historiador escocés Eric Hobsbawm sostiene que la revolución cultural de la segunda mitad del siglo XX no habría sido posible sin el protagonismo dominante de la juventud, que se expresó abiertamente disruptiva a través de diferentes manifestaciones que signaron las relaciones intergeneracionales, el inconformismo, el reclamo de libertades y la proclamación de principios y deseos individuales y de grupo. Un ejemplo de esta actitud militante es el culto al “héroe cuya vida y juventud acaban al mismo tiempo”. El héroe joven encarna el “carácter iconoclasta” que destruye las certezas y las verdades que habían enarbolado las generaciones anteriores y por ello este arquetipo tiene un alcance político no tradicional, que va de lo subjetivo y lo individual a lo social y masivo. Todos estos aspectos se pusieron en evidencia en las grandes manifestaciones juveniles que se sucedieron entre abril y junio de 1968 en París (en las que Robi Santucho estuvo presente), Alemania, Suiza, España, Checoslovaquia e Italia, pero también en México, Argentina, Uruguay y Estados Unidos.
En este contexto global de creciente protagonismo y de radicalización de las demandas de las juventudes, los regímenes autoritarios encontraron el pretexto para extremar la propaganda contra la “subversión” y las prácticas destinadas a suprimir al “enemigo interno”. La “ideología de penetración” era el marxismo, y como demuestra documentadamente Andrés Avellaneda, muy pronto se construyeron pares de términos antagónicos que pusieron en evidencia cuáles eran los valores y los principios que el Estado autoritario alegaba proteger: comunismo versus cristianismo, oriente versus occidente, mundo libre contra mundo esclavo.
En la dinámica vertiginosa que impone el cambio y que se expresa de manera magistral en el desarrollo de la acción en la novela, hay otra clave: la revolución. La búsqueda del cuerpo del combatiente Santucho por el taxista López es también la persecución de un sentido superador de la propia vida opaca, mediocre, insignificante. Hay que hacer la revolución para cambiar el rumbo de la existencia individual pero sobre todo, el rumbo equivocado de las cosas. Revolución es un término de la física que alude a los movimientos orbitales de los astros en el universo inconmensurable. Es una idea tan grande que se suele escribir con mayúsculas. Etimológicamente, refiere a lo que da vueltas, lo que gira y vuelve sobre sí mismo como buscando algo diferente.
“No me arrepiento de nada, pertenezco a la revolución. Yo soy la revolución. Serlo es dejar de ser padre, marido y amante. Siento defraudarte Liliana, tu pregunta de ese día acerca de qué era más importante te la respondo ahora: la revolución está por delante de nuestro amor, viaja delante de nuestros hijos, viaja delante de nosotros, no por eso dejo de pensar en todos los que amé; mal, pero amé; como pude, pero amé”: piensa un Santucho en agonía, y es la definición de un hombre ante su destino.
Robi Santucho fue ante todo un hombre libre que, viéndose en situación de tener que elegir entre la vida y la libertad, actuó para ser libre no como una opción, sino porque en la libertad le iba la vida. “Una palabra justifica su muerte, su paso por el mundo, y la dice cuando lo tiene bien cerca, como para que la escuche y no la olvide, ni aun en la muerte: «venceremos»”: es la resolución de toda una existencia, pasado-presente-futuro, en ese verbo poderoso que susurra Santucho al oído de Leonetti en el momento de su captura.
En 1962, tras su visita a Cuba, Jean Paul Sartre escribió: “La revolución es una medicina de caballo: una sociedad se quiebra los huesos a golpe de martillo, demuele sus estructuras, revuelve sus instituciones, transforma el régimen de la propiedad y redistribuye sus bienes, orienta su producción siguiendo otros principios, trata de aumentar lo más rápidamente posible su tasa de crecimiento y, en el momento de destrucción más radical, busca reconstruir, procurarse, mediante injertos óseos, un esqueleto nuevo; el remedio es extremo, a menudo hay que imponerlo con violencia. El exterminio del adversario y de algunos aliados no es inevitable pero hay que prepararse para ello con prudencia. Después de eso, nada garantiza que el nuevo orden sea arrancado de raíz por el enemigo interno o externo, ni que el movimiento, si resulta vencedor, no pueda ser desviado por sus combates y su victoria”.
Eso mismo, la desvirtuación de la lucha o peor aún, el olvido de sus causas y sus objetivos, es lo que temía Santucho. “Me apena no ser Santucho y sentir que pronto él será olvidado, y Julio López también lo será”, piensa López el 17 de septiembre de 2006, la víspera de su desaparición. Dos hombres, dos destinos, dos cuerpos ausentes: que no sean olvidados. “…y si no nos volvemos a ver, cuando veas un rancho o un niño descalzo, allí estará mi grito”. Pudo escribirlo Robi Santucho, pero lo escribió Ana María Mrad, desaparecida, en la última carta que dirigió a su padre en 1975. “La revolución es inagotable”.
Finalmente, mi última mención es para el lugar de la poesía en esta novela. En la áspera rudeza del pedregal, la flor. En el relato de los riesgos, la oscuridad, la tensión que imponen la clandestinidad y la vida en fuga, la poesía es salvación y esperanza.
“La lucha revolucionaria puede convertir a un trabajador cualquiera en un poeta. No dejo de pensar que una noche me atraparán con los ojos abiertos, pero les resultará insuficiente porque, para entonces, ya seré poeta”, piensa el Gringo Menna mientras camina hacia la emboscada. Y Santucho a las puertas de la muerte: “Abrí el ojo y miré mi vientre deshacerse como pétalos de rosas, pronto seré una vieja rosa de amor escondida en un libro. El mundo de los vivos es pálido; el mundo de los muertos brilla con ropas estampadas de luces y colores. La humedad se pega al cuerpo, como si te enmantecaran con esas bacterias aferradas al tronco caído del árbol. Si supieras todo lo que crece de los huesos de una rosa, si supieras que las ideas no naufragan, sino que se montan en los restos de una embarcación destrozada por las olas y continúan navegando. Un día llegan esos restos a una playa guiados por una estrella errante, restos repletos de líquenes y musgo. Durante el viaje, ellos van juntando todo lo que arrastra el naufragio. Y los restos llegan intimidados por una voz enérgica que dice: «Ustedes han perdido su propio reino. Y yo pensaba aún queda la nostalgia de un reino perdido». Si vos supieras que un minuto antes de morir queda tiempo para repasar la vida y encontrar errores”. Son sólo algunas de las muchas sensaciones y reflexiones que ha disparado esta novela, con el deseo de que cada uno de ustedes lea este libro y que esta lectura despierte, sobre todo en los más jóvenes, la necesidad de la memoria, la idea de la revolución inagotable.
Muchas gracias.
Silvia Piccoli
Santiago del Estero, 19 de julio de 2023